Las provincias españolas actuales, fueron creadas en el siglo XIX en virtud de una
nueva ordenación del territorio nacional propugnada por el liberalismo, no sin clara
influencia del modelo francés del Departamento, como medio de acabar con el «antiguo
régimen» de Reinos, Señoríos, Condados, Merindades, Honores, Veguerías, Encartaciones,
Principados, Alfoces y demás denominaciones propias de tiempos pretéritos.
Sin embargo, al adentrarse en su real conocimiento, se advierte enseguida que –como toda ordenación político-administrativa, y algo de esto le sucede también al actual ordenamiento constitucional del Estado de las Autonomías– son un puro artificio, que no responde, en un análisis geográfico-histórico, a lo que sus comarcas y tierras fueron en origen. No obstante, el criterio provincial estricto ha sido el modelo de descripción seguido por cuantos se han ocupado de ellas, que en el caso concreto de la de Valladolid, se inició con Ortega y Rubio, Los pueblos de la Provincia de Valladolid, y ha venido imitándose hasta nuestros días.
En su actual configuración, la provincia de Valladolid surge a raíz del Real
Decreto de 30 de noviembre de 1833. Según el mismo, los límites de la nueva demarcación,
lindarían al Norte con los de la provincia de León, al Nordeste con las de Palencia
y Burgos, al Sudeste con la de Segovia, al Sur con las de Ávila y Salamanca y al Oeste con
Zamora, en una extensión territorial de 8.120,63 kilómetros cuadrados, situándose sus,
coordenadas entre los 41.° 7’ y 42.° 15’ de latitud Norte, y los 3.° 55’ y 5.° 30’ de longitud
Oeste con referencia al meridiano de Greenwich. No hay sino examinar un mapa
para comprobar cómo esta nueva creación provincial se emplaza, geográficamente, en la
cuenca media del río Duero, y en el centro –casi matemático– de la alta Meseta
Septentrional. Quizá por ello el rasgo fisiográfico más acusado sea el de su total horizontalidad
de relieve –común, por otra parte, a la de sus otras hermanas meseteñas–, pero
con la excepcional singularidad de que es la única provincia peninsular que carece absolutamente
de montañas. Llanuras y páramos, constituidos tectónicamente por sedimentos
del período terciario (Mioceno) y cuaternario –depositados en estratos horizontales–
conforman, por tanto, la naturaleza de sus suelos, cuya red hidrográfica esencial está
señalada por el Duero –con 111 kilómetros de curso, dentro de la provincia– y sus
afluentes, entre los que destaca, primordialmente, el Pisuerga, ya que el caudal de los restantes
(Valderaduey, Cea, Sequillo y Hornija, en Tierra de Campos; Esgueva, Adaja,
Cega, Eresma, Zapardiel y Trabancos, en Pinares y Tierra Medina) es notoriamente
corto, máxime en la estación veraniega.
Inserta –como toda la Meseta– en la llamada «España Seca», sus rasgos climáticos se caracterizan análogamente por su continentalidad térmica extremada (+ 38.° y -18.°, valores absolutos), grandes oscilaciones diarias, precipitaciones escasas, que en algunas zonas lindan con la aridez (menos de 400 mm3 al año), inviernos fríos y largos, cortos aunque rigurosos veranos, y una gran nitidez y transparencia del aire como corresponde a su elevada altitud media, de aproximadamente 700 metros sobre el nivel del mar. La horizontalidad de su relieve –cuyo desnivel en los casi 8.200 km2 es mínimo, pues va de los 640 a los 935 metros–, no quiere decir, empero, monotonía o uniformismo, ya que el paisaje no es igual. Las llanuras cerealistas de Tierra de Campos, sin apenas otra vegetación que las mieses, se contraponen abiertamente a las llanuras boscosas de Tierra de Pinares, y la dureza gris y cenicienta de los solitarios alcores o de los alargados páramos, a la blandura, verde y frondosa, de las vegas y campiñas. Rincones hay en los pequeños valles de los Torozos o de Tierra de Curiel y Peñafiel que recuerdan parajes más nórdicos, al paso que altiplanos, como los de Campaspero, semejan estepas asiáticas.
Pero esta provincia –que apenas cuenta ciento cincuenta años de existencia– es,
como casi todas las divisiones oficiales, un artificio administrativo, pese a que el tiempo
transcurrido haya ido ya creando cierto sentimiento de «vallisoletaneidad». Porque si
atendemos a la búsqueda de rasgos socio–culturales (costumbres, folklore, indumentaria,
construcciones, economía, usos, etc.) el criterio provincial no sirve, ya que ha sido creado
cuando la tierra de la misma llevaba siglos inserta en otras estructuras territoriales, que
forzosamente han impreso su huella en la herencia recogida por sus gentes, hoy encuadradas
en unos límites concretos. Para ello sería preciso remontarse a períodos muy lejanos;
lo vacceo pre-romano, la romanización, el germanismo, etc. Creemos, sin embargo,
que basta con ascender hasta el período medieval, etapa en que, según los puntos de vista
de Américo Castro, se conforma realmente el «ser» de lo español, en este caso lo «castellano
y leonés».
Autor: Amando Represa Rodríguez
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