La escultura ambiciona la posibilidad de representar el lugar a modo de habitáculo, de cobijo donde paran las almas. La escultura queda por tanto propuesta como arquitectura de almas.
El espacio virtual que definen sus volúmenes es también un espacio protector, abrazo que diferencia el lugar íntimo, mágico, del espacio público que lo rodea.
El peso de la materia se desplaza en movimiento centrífugo desocupando el centro; caracterizando su identidad receptiva, induce a recordar a la madre como sistema unificador, protector ante lo externo.
Al igual que la casa, el habitáculo nos provee del ámbito seguro: la escultura, cala en el acantilado, se dispone a sugerir y defender la intimidad.
Óscar Alvariño