Quizá sea cierto que la vanguardia ha muerto y que triunfa la ironía, haciendo que el arte ya no tenga nada sincero que decir, que lo único que subsiste sea el ego del artista y el crítico.
Sin embargo yo pienso que ahora tenemos la posibilidad de conquistar la libertad que atisbaron los artistas y teóricos que nos precedieron. Que intuyeron, pero no fueron capaces de atrapar, embelesados en manifiestos excluyentes. Ellos, todos ellos, tenían razón, estaban parcialmente en lo cierto. Y sólo disentían porque insistían en que su contexto era el único verdadero. Sus teorías eran/son básicamente correctas.
Es posible que la única manera de realizar y ver arte sea teniendo en cuenta a todas ellas; no fusionándolas, sino integrándolas, teniendo en cuenta todos los enfoques posibles.
Cualquier proyecto evolutivo(*) se construye a base de jerarquías anidadas (que no de dominio): las jerarquías anidadas son jerarquías de desarrollo, actualizadoras, como lo es la que va desde los átomos hasta las moléculas, las células, los organismos, los ecosistemas, la biosfera y el universo. Cada una de esas unidades, sin importar cuan humilde sea, resulta absolutamente esencial para el desarrollo de toda la secuencia. Si destruimos, por ejemplo, todos los átomos, destruiremos también, simultáneamente, las moléculas, las células, los ecosistemas, etc. Cada ola mayor, además, envuelve o abraza a sus predecesoras (los ecosistemas contienen organismos que, a su vez, contienen células que, a su vez, contienen moléculas) en un desarrollo que es, al mismo tiempo, inclusivo. Así es como cada escala más elevada (o profunda) se torna más inclusiva, más abarcadora y más integral y, simultáneamente, menos marginadora, menos exclusiva y menos opresiva. Cada grado más elevado, en suma, trasciende e incluye a sus predecesores, con lo cual aumenta su capacidad de respetarlos. La evolución consiste en trascender e incluir.
Y uno de los problemas que tiene el arte, el mundo del arte (y, por supuesto, no sólo el mundo del arte sino el mundo en general), es que excluye a todo lo que no sea de su grupo, forma de ver, etc. Es fundamentalmente etnocéntrico, sociocéntrico. Y eso reduce enormemente la perspectiva, claro. Y piensa, erróneamente, que evolucionar es trascender y romper con lo trascendido, excluirlo. Y funciona como lo han hecho los distintos niveles de evolución: dividiendo el mundo, sucesivamente, en buenos espíritus y malos espíritus, en predadores y presas, en santos y pecadores, en ganadores y perdedores, y en sensibles e insensibles. Necesitamos, claramente, dar un paso en nuestra evolución. Porque los seres más desarrollados (posconvencionales, mundicéntricos) ya admiten todos los valores y no reaccionan ni se enfadan ante el tono polémico.
Otro de los problemas es la dirección materialista (descendente) que nos lleva, en el arte (ciñámonos al arte de nuevo), a la superficialidad más escandalosa. Como comentaba Bill Viola en una entrevista, nos estamos olvidando de lo importante, los nutrientes. Bueno, yo comparto con él que los nutrientes son lo básicamente importante, aunque también le doy importancia (siguiendo con su metáfora) al color de la comida, al sabor, al olor, incluso al plato, su diseño etc. Pero, al igual que no le echamos diesel a un coche que funcione con gasolina, quizá deberíamos tener más cuidado con lo básicamente importante: los nutrientes, porque sino puede que el coche no ande.
O sea, mucha importancia al soporte: a veces, en los casos más extremos, sólo importancia al soporte; hasta el punto de que o utilizas determinado soporte o te consideran fuera de juego: espeluznante ¿no?, y sin embargo cierto. (“Si esto que usted hace fuera fotografía se lo aceptaría ahora mismo”, me dijeron a mí en una prestigiosa galería). Como lo es la importancia exagerada o exclusiva a la técnica, al estilo, etc. En muchos casos es sólo moda. También juega fuerte en este tema el interés del mercader: quítate tú para ponerme yo, ya sabes. Pero subyace, sobre todo, esa dirección descendente, importante, interesante, pero no única ni, desde luego, exclusiva.
Filósofos importantes han subrayado el papel trascendente del arte. Cuando contemplamos un objeto hermoso (natural o artístico), toda nuestra actividad queda en suspenso y simplemente estamos atentos, sólo queremos descubrir el objeto. Y mientras perdure ese estado contemplativo, no queremos nada del objeto, sólo queremos observarlo y que ese estado perdure. ¿Qué importancia tienen los por qué de una preciosa puesta de sol, pongamos por caso, en ese momento?
Ante una obra de arte, si no vamos enseñados, eso es lo que nos sucede: permanecemos embelesados sin que nos importe factura (pintura –abstracta o figurativa-, escultura -¿piedra, poliéster, ensamblado, hierro...?-, video, fotografía, ambientes, o lo que usted quiera, oiga) o contenido (insectos, budas, paisajes, garabatos, campos de color, etc.).
Otra cuestión importante, de siempre, pero más de ahora, es la derivada de la deconstrucción (Jacques Derrida): la interpretación es tan importante (que lo es, pero no solamente, sin excluir todo lo demás), que el espectador es el verdadero autor. Y el espectador por excelencia, el crítico, es más verdadero aún. O sea, que no pierdas tiempo en aprender esta o aquella técnica, en pasar horas y horas en el taller robadas a la vida, en viajar por ese no-tiempo a ese lugar que luego no puedes recordar o sólo en una muy pequeña parte, en adentrarte en una meditación que te trae una voz interior que es tuya pero es universal y luego tampoco recuerdas casi... No pierda su vida en esas bobadas, no te pierdas, chaval. Lo único que tienes que hacer es conseguir el púlpito adecuado y atreverte a hablar (explicando o destruyendo) de Picasso, de Verlaine o de ese chico que empieza, pobre criatura, o de ese viejo de treintaicinco años que no sabe ya por donde se anda. No necesitas ser Cervantes, amigo, ni descubrir las américas. Atrévete. Con un poco de suerte y las maneras adecuadas podrás ser un dios omnipotente que señale con su dedo a los afortunados elegidos. Es la forma más rápida de sentirse superior. No necesitas sentirte ni muy brillante, ni muy creativo. La deconstrucción proporcionó las herramientas necesarias para minar las bases sobre las que se sustentaban las grandes obras de arte y de filosofía y colocarse aparentemente por encima de ellas, una técnica que hace del crítico, comisario, etc., el personaje más poderoso del mundo del arte: el protagonista. El artista es un mero accidente: pasaba por allí. Porque, eso sí, si no pasas no sales en la foto.
Al final, lo único que pervive es el poderoso ego del crítico/comisario deconstructor y manejador.
Necesitamos seguir evolucionando. ¿O no?
Yo ahora quiero animar a artistas y espectadores a que se den permiso (no le des ese poder a nadie) para liberarse de todas las cadenas, se desnuden de prejuicios, abandonen su miedo, y se acerquen a realizar o a contemplar obras de arte sin ataduras. Esa es probablemente la forma de dejar que suceda: puedes conseguir liberarte de toda contracción, de toda mengua, del tiempo, y descansar finalmente en el ojo del espíritu. ¡Atrévete!
Sobre todo me gustaría que los artistas nos dejáramos de pamplinas y dejáramos salir de verdad lo que llevamos dentro, sea lo que fuere. Es nuestra gran suerte, es nuestro poder. Es lo que le podemos ofrecer a la sociedad en la que vivimos. Es nuestra obligación.
12-01-06
Javier Bustelo (*) Todas las ideas sobre la evolución están tomadas de distintas obras de Ken Wilber.
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